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Juan, el Sacristán

Titulo: Juan, el Sacristán
Publicado: 22 del 01 de 2013

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Él era el que más madrugaba de todos. Ya fuese laborable, domingo o fiesta de guardar, él, bien de mañana, todavía no se habían apagado los faroles, enfilaba la empinada cuesta de la calle, que nace a la misma puerta de su casa, y que le lleva hasta la Plaza de la Iglesia. Tiene que abrir las puertas del Templo. Él era el encargado de hacerlo, y no quería retardarse en aquella operación no fuese que en alguna inclemente madrugada de invierno, una de las beatas, de las que hacían cola en la puerta, se quedase tiesa de frío…

Al llegar a la puerta de la Iglesia, una larga cola de parroquianos ya le esperaba allí. Saca la llave, que siempre lleva colgada del cinturón del pantalón, y con la severidad de un oficiante, abre la puerta. Ya dentro, guiado por la tenue luz de las aceiteras que los devotos mantenían encendidas día y noche, se dirige hacia la Sacristía. Detrás de él, y en procesión, van entrando beatas y beatos que se dirigen a colocarse de rodillas ante el confesionario… Los pecados de aquella gente deberían ser muy graves para madrugar tanto, aunque el Sacristán, ante la bufa representación de prisas y peleas de cada mañana, sonríe. ¿Qué secretos pecados tenía aquella gente de vida oscura sin voluntad ni capacidad para matar una mosca? ¡Los verdaderos pecadores no madrugan tanto!

Ser Sacristán de un Iglesia Parroquial tan importante, no era cualquier cosa. ¿Quién si no se ocupaba de que todo saliera bien en todos aquellos oficios a los que con tan fingida devoción acudían quienes tanto le criticaban? ¡El Sacristán! ¿Quién vigilaba la limpieza? ¿Quién ordenaba los toques de campana? ¿Quién conseguía que las procesiones salieran a la hora fijada? ¿Quién estaba atento a que no faltase el vino de celebrar? ¡El Sacristán! ¡El! ¡Juan! ¿Quién hacía de apuntador cuando, en una soñolienta mañana, el Cura se equivocaba de hoja en el Misal? ¿Quién custodiaba las donaciones en los Cepillos? ¡Una gran responsabilidad! ¿Quién…? Estas, y mil preguntas más, hacía el Sacristán a un imaginario interlocutor para apoyar su opinión de que lo de ser Sacristán no era cualquier cosa. No todos tenían la suficiente preparación para llevar a cabo esa tarea. Un Sacristán es como el Mayordomo de un Palacio Principesco. ¿Qué se habrán creído? Además, él, padecía del pecho, y no le era fácil trabajar en otra cosa.
Esta era la vida que Juan llevaba desde hacía muchos años.
Emilio Marín Tortosa

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